Soberbia

 Miraba a todos desde las alturas de sus hombros, para abajo, veía a donde sentía, creía y necesitaba que estén las personas.

Nada regalado, ni pobre, nada mínimamente descuidado, Soberbia era pulcra, alta, hermosa. Sus expresiones se centraban en los ojos, su boca siempre fue un punto casi inmóvil en su rostro, no hablaba con todos, no consideraba a nadie a su altura.

La vida la puso en lo alto, donde los privilegios te nublan la vista y solo encuentras disciplina ante el capricho. Soberbia siempre sintió que la vida le debía algo, no en dones, o en belleza, jamás en inteligencia y tampoco en lo material, a ella le faltaba algo, un vacío que crecía en su pecho, en sus días, en sus frías expresiones y en su trato distante.

Evidentemente no era una mujer sin aspiraciones, tenía sueños, muchos sueños bajo esa máscara de hielo. Ella sabía que podía salvar al mundo, que su toque era el equivalente al oro de Midas, que las bendiciones de la vida eran para Soberbia el pan nuestro de cada día.

Llegó un día en que la suerte no la visitó, ella jamás pidió su regreso, no iba a rogar por su suerte de vuelta, solo había la queja constante de ese vacío que seguía creciendo dentro, se congelaba por partes, miraba su vida entera para ella, no sentía vulnerabilidad alguna, seguía, miraba la mañana volver y se levantaba perfecta a seguir sin ver atrás.

Ella es buena, es silenciosa, con un brillo en los ojos incapaz de ser apagado, domado, sometido. Ella brillaba con luz propia a pesar de todo y de todos, ella lograba ser lo que sus deseos querían, 

Soberbia se volvió cierto enfado, una superioridad auto impuesta, nadie hablaba mucho con ella por su distancia hostil, siempre sola, siempre fría, siempre ella, se despidió un día del mundo, se tomó una copa y bendijo su solemne manera de vivir, se lanzó a un río sin más, huyendo de la mala suerte y la remota posibilidad de fracasar. 

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