Envidia

 El brillo malicioso de sus ojos centellaba silenciosamente desde atrás de una columna griega. Miraba desde lejos, con sus ojos bajos llenos de blanco, llenos de pesar por el brillo de otra mujer, su hermana.

Envidia era ágil, con una escucha superior, su presencia coincidía con eventos que herían su alma cada día un poco más. "Hay personas que lo tienen todo y buscan más" decía Envidia, remordida entre sus palabras, "mi hermana, quien se sienta a la mesa primera, quien solo piensa en ella y en su conveniencia, la reina que no permite que nadie más tenga voto en las decisiones del consejo".

Envidia sabía muchas cosas, deseaba muchas cosas, sus deseos le invitaban a rogar al cielo por el mal ajeno. Ella era presa de sus bajos instintos, de sus pensamientos que mataban, no se percataba que aunque todo el mundo muera a su al rededor lo que debía cambiar estaba muy en el fondo de su corazón.

Su pecho era un agujero negro lleno de descontento, de felicidad falsa y de memorias coartadas por sus propios anhelos. Su memoria estaba llena de resentimientos sin razones reales, la falta de atención era su enemigo máximo, estaba relegada, según ella a ser la última llanta del reino.

No escuchaba disculpas o bondades, sus oídos captaban el alimento de sus inseguridades, su espíritu se mancillaba cada día por falsas profecías en su contra, su boca se cerraba y remordía cada día más, su ira era lenta, apacible, un veneno de serpiente en los oídos de todos, una idea creciente en la cabeza de sus allegados, un susurro enloquecedor en el silencio.

Envidia vagaba por los pasillos eternamente, buscando en las noches dónde fijar su atención, buscando puntos vulnerables, secretos de media noche, enviando maleficios en la madrugada, siendo una pesadilla para ella misma y su entorno.

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