Avaricia
Tenía entendido que el mundo entero cabía en mis manos, ella decía eso como si supiera que en verdad toda la riqueza del mundo le pertenecía, era una mujer de lino y corales, una diosa opulente, estaba más sola que sus relojes de oro que guardaba en su banco de Suiza.
No, no tuvo la suerte de tener una amiga sincera como ella, llegaban amistades como las moscas al dulce, su soledad crecía, atesoró dinero a cambio, terrenos, deudas de desdichados, atesoró recuerdos de un momento más feliz y sencillo, nadie conoció sus momentos, eran suyos, sus historias que valían más que su Lamborgini.
Avaricia era una mujer esbelta, de cuello muy alto donde sus joyas lucían a la perfección, no era precisamente delgada y siempre hacía alusión a que sus gorditos eran fruto de su dinero, su herencia, su trabajo arduo, su compromiso por construir el imperio que la protegería de un mundo hostil y duro.
Avaricia tuvo un sepelio en medio de la crema y la nata de su ciudad, tuvo y tuvo todo lo que deseó, menos honestidad, cariño real y un corazón sano. Murió a corta edad por un infarto al miocardio, causado por estrés y acumulación al saberse en banca rota.
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